Lunes, 26 Septiembre 2016
Defenestradores de la verdad

Editorial CCM

 

El jueves 22 de septiembre, un desencajado y agobiando cardenal Suárez Inda ponía las señales de alarma por un nuevo acto de la escandalosa violencia. Aun no se asimilaba la muerte de dos sacerdotes en Poza Rica, Veracruz, cuando en Michoacán otro ministro era blanco de lo que parecía un secuestro. El reclamo del Arzobispo de Morelia, el último cardenal creado por el Papa Francisco para apacentar “esa región tan caliente”, era sencillamente el respeto de la vida de José Alfredo López Guillén, joven sacerdote de 43 años ordenado en junio de 2001.


Su cuerpo abandonado fue hallado con múltiples disparos de arma de fuego, la descomposición de los restos confirman que, desde su desaparición, fueron pocas las horas que le quedaron de vida. Las pistas reunidas, su automóvil abandonado y el uso de su celular hasta el jueves no consignaban golpes contundentes para localizarlo con vida; sin embargo, sólo un medio, una supuesta agencia de noticias de información y análisis, soltó la bomba mediática: López Guillén estaba vivo. La carnada, quizá también arrojada por las autoridades, apuntó a lo más fácil, el sacerdote era acusado de pederastia por un video difuso y dudoso al cual se le daba plenitud como prueba contundente. Para desenmarañar la madeja, la punta fácil era la acusación inaudita, cargar al desaparecido con el desprestigio que ha sufrido el sacerdocio por los pecados de ciertos clérigos; ahí la reacción del Arzobispado de Morelia en voz de su Pastor señalando de infundadas tales calumnias.


El cuerpo sin vida de López Guillén vuelve a confirmar el lamentable estado de cosas en el que nos encontramos, pero más preocupante resulta el descrédito e ineficiencia de las autoridades encargadas de investigar y proteger a la población. En Veracruz, el fiscal general acabó con la investigación bajo la “genialidad” de que la muerte de Alejo Nabor Jiménez Juárez y José Alfredo Suárez de la Cruz fue lío de borrachos que acabó mal; en Michoacán, la desaparición del cura López Guillén no sería otra que haber cometido un desafortunado pecado. En los dos casos se culpabiliza a las víctimas como responsables de causar los delitos, para las autoridades son los auténticos delincuentes y no otros factores. Ellos mismos provocaron su desaparición y muerte.


Por otro lado están ciertos medios que prostituyen la labor informativa al mejor postor. Como meretrices abren las puertas de la indignidad a cambio de desconocidos beneficios manchando la ética del periodismo y de objetividad informativa. Medios que, sin importar las consecuencias, lavan su cara en la sangre de las víctimas; apareciendo como reputadísimos líderes de opinión, son defenestradores de la verdad ocupados por entronizar la mentira, oponerse al bien común y fincar el mal por un bonche de beneficios periodísticos.


Sería inútil seguir clamando por la justicia cuando todos estos elementos parecen arrinconar a la ciudadanía que quiere paz; sin embargo, la esperanza cristiana nos sostiene. México es un país amante de la vida y clama por el fin de la violencia. Quedarnos callados sería cobarde, levantar nuestra voz honrará a tres sacerdotes que no merecían morir tan espantosamente, pero sobre todo, está en nuestra memoria cada uno de los mexicanos anónimos quienes han perdido la vida por la injusta violencia que debe acabar de una vez y para siempre.

1 comentario

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