Lunes, 08 Octubre 2012
México... El Año de la Fe
Guillermo Gazanini Espinoza

Tal vez sea el mayor acontecimiento de fe en el pontificado de Benedicto XVI. Un período de gracia que se abre para toda la cristiandad y reflexionar sobre el ser discípulos de Cristo, hijos de la Iglesia, cristianos.  Y de meditación en dos hechos importantísimos que marcaron la vida de la Iglesia: La apertura del Concilio Ecuménico y pastoral Vaticano II (octubre de 1962) y la publicación de la Constitución apostólica Fidei Depositum, del beato Juan Pablo II, por la que se promulga y establece, después del Concilio Vaticano II y con carácter de instrumento de derecho público, el Catecismo de la Iglesia católica, el 11 de octubre de 1992, cuyo proyecto, en 1986, fue confiado a una Comisión de doce cardenales y obispos, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, a través de consultas a los episcopados del mundo.


El Año de la Fe, según el deseo del Papa Benedicto XVI, quiere iniciar un proceso de redescubrimiento del camino de la fe cristiana donde “pastores y fieles han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”. (Carta Apostólica Porta Fidei, Núm. 2).


En marzo pasado, el Papa Benedicto XVI hizo énfasis de esta “confirmación”. Su visita apostólica quiso mover el corazón de la Iglesia de México y de Latinoamérica con el fin de animarlas en la fe, la esperanza y la caridad. En la misa multitudinaria en Silao, el Santo Padre alabó la “clarividencia” de los obispos latinoamericanos quienes, en sus reuniones a nivel continental, han sentido la necesidad de renovar y revitalizar el anuncio del Evangelio como novedad a través de la gran misión continental. La llamada final de Papa fue convocar a México a una renovación, a superar la monotonía y el cansancio y a resistir a las tentaciones de una fe superficial y rutinaria.


El Año de la Fe en México tuvo este preámbulo en medio de la carrera política por la presidencia y la violencia tremenda que azota el país. Mientras el tiempo marcha hacia su inauguración, los obispos del país ya han exhortado y dirigido mensajes a sus comunidades para recibir este tiempo especial de gracia. Y es que nuestro país, a pesar de la tradición católica y del anuncio del Evangelio que debería haber cambiado los corazones de cada habitante de la República, se muestra devota por fuera, pero descristianizada por dentro, preocupada por sobrevivir y en competir; pobreza y miseria vuelan rasantes todos los días y sorprenden las noticias cuando anuncian que el abuso de niños, un sector social vulnerable, se eleva año con año; a pesar de nuestro 90% de bautizados, muchos mexicanos hijos de la Iglesia se mueven en el neopaganismo al convivir fe católica y expresiones pseudorreligiosas, supersticiosas e idolátricas; en otros sectores, hay católicos integristas que ven más el punto y coma de la Ley que la misericordia y la caridad; corrupción, violencia, decadencia, desilusión, frustración y vaciedad existen en muchos habitantes y, devotos católicos de misa dominical, explotan y oprimen a los más pobres; en Año de la Fe se interpela esa doble moral laicista que escinde la vida religiosa de las actividades públicas y cuestiona duramente a todos los católicos que sostienen su existencia en una esquizofrenia y dicotomía de devoción y pecado que están destruyendo nuestra sociedad; viene a sacudir a una República corrupta, decadente y relativista, como la llamaría en 2010 el arzobispo emérito de Guadalajara, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez y, junto a esa sacudida, hunde el bisturí que traspasa las heridas y llagas purulentas que los católicos hemos provocado en la Iglesia: mentira, idolatría, relativismo, hedonismo irrefrenable, vanidad, integrismos y fundamentalismos, adulterios e infidelidades.
El Año de la Fe nos mueve a la reflexión de la situación del país advirtiendo cómo hemos perdido la capacidad de asombro y escándalo al ver naturalmente la corrupción generalizada, el engaño, el robo y la desviación de las instituciones hacia otros fines que no son los propios; como parte de nuestro ser al narcotráfico favorecido a veces por personas en el gobierno y la violencia y el crimen organizado que han provocado la parálisis de la economía nacional; a un país vive empobrecido por la concentración de la riqueza en unas manos y por el capitalismo salvaje, inmoral y obsceno que se olvida de la responsabilidad social; a políticos y servidores públicos que hacen del poder un banquete indecente para satisfacer su apetito voraz de poder.


Ver cómo en la conciencia mexicano es “normal y de avanzada” el desprecio de los valores y de la familia por el impulso y promoción del divorcio, el antinatalismo, el aborto y los mal llamados matrimonios de personas del mismo sexo y el derecho de adopción; en la legitimación del secularismo anticlerical y anticatólico al que se le puede definir como un ateísmo práctico donde se vive como si Dios no existiera, mirando sólo a la tierra y al presente sin la visión trascendente de un Ser Supremo y de la vida futura promoviendo una "religión" de Estado en la ideología del laicismo beligerante que quiere eliminar cualquier manifestación social de las religiones presentes en el país; en la justificación para entregar los bienes de dominio público a los monopolios, enriqueciéndose obscenamente a costa de lo que es común a todos.


A pesar de ese panorama, la fe cristiana en México quiere reflexionar sobre sí misma y entrar en diálogo con una sociedad donde la secularidad ha llegado para quedarse. Ese es el mismo deseo del Papa Benedicto XVI para que creyentes y personas ajenas a la fe entren en una dinámica propositiva y constructiva para mejorar las cosas. En México, los pasos comienzan a darse; en ocasión de la inauguración del Encuentro Fe y Cultura, el pasado 3 de octubre en la Ciudad de México, el obispo de San Cristóbal de Las Casas, monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, expresó, desde su visión como pastor, cuáles son las preocupaciones que observa y laceran a México: Nos preocupan tantos signos de fractura social, política, cultural y también religiosa que hay en la realidad nacional. Hay enfrentamientos, violencia verbal y agresiones físicas, entre grupos, organizaciones, partidos y creencias. Hay posturas radicales y excluyentes, que se quieren imponer no por la fuerza de la razón, sino por la razón de la fuerza. En algunos casos, no valen las leyes civiles, ni las divinas; sino que cada grupo o persona intenta lograr lo que quiere, sin importarle los derechos de los otros. Se escuchan groserías, lenguajes vulgares, ofensas y calumnias, con tal de desprestigiar al otro, amedrentarlo y lograr el propio objetivo”.


La oferta de la Iglesia, en palabras del mismo prelado, es sencilla: “Nosotros ofrecemos a Jesucristo, pues estamos convencidos de lo que el Papa Benedicto XVI acaba de decir a los obispos de Colombia, donde también se ha sufrido mucho por la violencia: “Donde llega Cristo, la concordia se abre camino, el odio cede paso al perdón y la rivalidad se transforma en fraternidad”.


En el Año de la Fe, todos los creyentes reflexionaremos esta propuesta: acoger al Salvador, a Jesucristo, camino, verdad y vida para que el mundo cambie y todas las cosas sean nuevas en México porque no hay nada más poderoso que la Luz del Mundo que ha venido a iluminar las tinieblas y sacar del pecado a los que se encontraban en perdición. Todas las iglesias particulares comienzan a prepararse para abrir este tiempo de gracia y de misericordia, pero que no debe quedarse en una mera expresión. El sentido es profundo y la urgencia ha sido declarada. En su mensaje de bienvenida en ocasión de la XXII Ultreya Nacional de Cursillos de Cristiandad, el cardenal Norberto Rivera Carrera lo advirtió de la siguiente forma:Es urgente la renovación espiritual de toda la Iglesia, de todos los que somos Iglesia. “Esta renovación debe iniciarse desde la raíz, desde nuestro compromiso bautismal. Esto nos pone ante la necesidad de conocer más y mejor nuestra fe, así como hacerla viva por medio de las obras. Cada uno en nuestra vocación, en nuestro ambiente, en nuestras responsabilidades de familia, trabajo y en nuestra participación social”.


Quien cruza el umbral de la fe, como lo expresó el arzobispo primado de México, ha permitido que en su interior, en el corazón, se realice la transformación gracias a la escucha de la Palabra de Dios. Hemos padecido las consecuencias del pecado social, hemos sentido la amargura y el sin sentido de la vida, el tiempo de gracia llega, es el tiempo del arrepentimiento y de la conversión. Examinemos nuestra fe y renovémonos interiormente para transformar a México antes de que sea demasiado tarde.

 

Guillermo Gazanini Espinoza / Secretario del Consejo de Analistas Católicos de México.

1 comentario

  • Pablo Rivera Felix Sábado, 02 de Febrero de 2013 19:54 Publicado por Pablo Rivera Felix

    Urge despertar, para ver que la unica doctrina que encarna es la pregonada con el espiritu, de verdaderos convertidos, la doctrina de borrachos, adulteros y fornicarios es y siempre sera esteriln; se pierde tiempon dinero, con la farza de leperos ,que hechan cargas pesadas asu projimo pero ellos no las nueven ni con un dedo y asi los denuncia Dioa en todo el capitulo de Mateo 23

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