Lunes, 29 Agosto 2011
Satisfacer con justicia nuestras necesidades
Arquidiócesisi de Tuxtla
Todos debemos atender a nuestras necesidades y a las necesidades de los demás. La pregunta sería si ¿atendemos con justicia esa necesidad?, es decir, si ¿ somos capaces de jerarquizar las que son realmente necesidades, o si, nos hemos creado aparentes necesidades?. La sociedad actual y la globalización, nos han materializado de una forma tal que ya no podemos vivir sin ciertas cosas, que en la práctica ya son de primera necesidad, como por ejemplo el celular, la computadora y otras todavía más superficiales como la ropa de moda, los cosméticos, cosas de apariencia o de marca. Contradictoriamente muchas personas no tienen lo indispensable para vivir. El número de pobres no disminuye. Gastamos injustamente mucho tiempo, recursos y estados de ánimo, en atender banalidades. Por esta razón hemos perdido un poco la mirada a lo trascendente, a lo espiritual, a lo eterno. El Papa Benedicto XVI en Spe Salvi, nos sigue recordando que el ejercicio de la justicia es un elemento que impregna esperanza: “Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva”. (43) Las banalidades de este mundo, y las que nos hemos creado nosotros, nos van sacando a Dios de la vida. No podemos negar que Dios es el único capaz de llenarla. Cuando Dios no está en la vida siempre estaremos insatisfechos. La mayor justicia que podemos hacernos nosotros mismos y a nuestro entorno en vivir bajo la mirada de Dios. Siguiendo la reflexión del Papa nos recuerda que: “La protesta contra Dios en nombre de la justicia no vale. Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza (cf. Ef 2,12). Sólo Dios puede crear justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace. La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad. Una imagen, por lo tanto, de ese pavor al que se refiere san Hilario cuando dice que todo nuestro miedo está relacionado con el amor. Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado. Ambas –justicia y gracia– han de ser vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor”. (44) De nada serviría esforzarnos por lo pasajero si no atendemos lo que es realmente importante. Nuestra tarea es satisfacer las verdaderas necesidades, aquellas que nos van construyendo como verdaderos hombres y mujeres: Al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada. A este respecto quisiera citar un texto de Platón que expresa un presentimiento del juicio justo, que en gran parte es verdadero y provechoso también para el cristiano. Aunque con imágenes mitológicas, pero que expresan de modo inequívoco la verdad, dice que al final las almas estarán desnudas ante el juez. Ahora ya no cuenta lo que fueron una vez en la historia, sino sólo lo que son de verdad. « Ahora [el juez] tiene quizás ante sí el alma de un rey [...] o algún otro rey o dominador, y no ve nada sano en ella. La encuentra flagelada y llena de cicatrices causadas por el perjurio y la injusticia [...] y todo es tortuoso, lleno de mentira y soberbia, y nada es recto, porque ha crecido sin verdad. Y ve cómo el alma, a causa de la arbitrariedad, el desenfreno, la arrogancia y la desconsideración en el actuar, está cargada de excesos e infamia. Ante semejante espectáculo, la manda enseguida a la cárcel, donde padecerá los castigos merecidos [...]. Pero a veces ve ante sí un alma diferente, una que ha transcurrido una vida piadosa y sincera [...], se complace y la manda a la isla de los bienaventurados ». En la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31), Jesús ha presentado como advertencia la imagen de un alma similar, arruinada por la arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente y ya irremediable. Hemos de notar aquí que, en esta parábola, Jesús no habla del destino definitivo después del Juicio universal, sino que se refiere a una de las concepciones del judaísmo antiguo, es decir, la de una condición intermedia entre muerte y resurrección, un estado en el que falta aún la sentencia última. (ibid). Las injusticias perpetradas en contra de los demás no quedan en el olvido y la justicia queda reivindicada por la esperanza.

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